jueves, 3 de junio de 2010

EPILOGO A LA PRIMERA DICION

EPÍLOGO A LA PRIMERA EDICION

A pesar de su genio creador, el autor de Sobre héroes y tumbas no pudo imaginar que mucho tiempo después debería estar al frente de una comisión encargada de llevar al papel un informe sobre las violaciones a los derechos humanos en Argentina. Menos aun, que el informe que llevaría su nombre registraría la existencia de miles de seres humanos desaparecidos y sin tumbas.
El Informe Sábato recogió en sus páginas el saldo del terrorismo de Estado en Argentina. No era eso lo que estaba acostumbrado a producir un escritor de sus características. No debió apelar a los recursos del oficio literario, ni siquiera a los de la imaginación. Sólo tuvo que registrar lo que para la humanidad aún es difícil imaginar.
El hecho de que al frente de ese desafío se haya puesto a un escritor puede tener muchas explicaciones.
No existe aún un Sábato oriental. Tenemos numerosos y prestigiosos escritores. El Estado no los ha convocado para una tarea similar. Ningún gobierno uruguayo ha tenido aún la valentía cívica de hacer posible el registro del horror. La elaboración de un verdadero informe en que se recojan esos aspectos de la historia reciente de Uruguay está en el debe. En otras palabras, el capítulo uruguayo del Plan Cóndor no cuenta con la pluma valiente del gobierno.
Ese trozo de historia, sin embargo, existe y se ha escrito. Primero fue el “mensaje urgente” de los sobrevivientes. De los que pudieron volver. De los que con su sufrimiento aún latente, sobre el horror aún presente en las retinas, llegaban desde la oscuridad de las capuchas y las cárceles clandestinas para traer el dato, la información, los sonidos, los nombres. Ni soñaban que también traían la argamasa de la historia. Querían sólo que fuera útil para las urgencias del momento: salvar, denunciar, ayudar a rescatar, detener el horror.
Esos son los testimonios: el primer traslado en el cuerpo y en el alma que se hacía letra para construir las palabras que nombraban el horror. Esa literatura urgente no era el resultado de la imaginación de sus autores. Era la expresión –muchas veces ahogada por la angustia– de la imaginación macabra de los funcionarios del Estado terrorista.
Los testimonios llegaban al papel, a una cinta magnetofónica de algún organismo humanitario, al casete doméstico, o a los hábiles o torpes dedos de mecanógrafos. Allí lo inimaginable para el pensamiento normal, la invención de una política diseñada desde la omnipotencia del poder, se perpetuaba y se transformaba en un arma de lucha.
No se trataba de una descarga emocional ni de una creación literaria destinada a agradar a sus lectores. Ni siquiera tenía la pretensión de servir para construir, algún día, un trecho de la historia de la humanidad. Era un aporte muchas veces anónimo y siempre modesto. Casi siempre, cuando terminaba y un largo silencio se instalaba entre los presentes, el mismo era roto por quien lo había brindado, para manifestar con modesta expectativa: “Espero que sirva para algo lo que he dicho”.
El que sufrió en la experiencia que se relataba no era el declarante, el testimoniante. Él se omitía. Sus palabras no las impulsaba su sufrimiento (¿pasado?). Hablaba del sufrimiento y del horror que se desarrolló a su alrededor, el del compañero.
Durante muchos años, esa realidad diseminada en decenas de testimonios que se referían a lo que pasaba en Uruguay o a los uruguayos fuera de su país bajo la acción de la coordinación represiva era “literatura extranjera”. El advenimiento de la vida democrática trajo la posibilidad de que ellos fueran reescritos, repetidos, resufridos, reeditados en expedientes judiciales, en informaciones de prensa y hasta en actas parlamentarias. Allí fueron realmente reescritos. No en los testimonios, sino en sus márgenes.
El Parlamento uruguayo ni siquiera se preocupó de pasar en limpio las actas de las comisiones investigadoras. Menos aun de publicarlas. Durante muchos años fueron secretas, reservadas.
También en algunos libros los testimonios dejaron sus huellas. Y en nuestra memoria.
Finalmente, el sufrimiento también fue objeto de transformaciones. En Uruguay se eligió no la pluma literaria, que es más libre y menos prejuiciada, sino la de los abogados de hábil manejo del discurso retórico, fácil para referirse a los problemas ajenos, a la chicana, al decir sólo lo conveniente, la del hábil declarante. Así se empezó a rescribir “la verdad oficial”.
En esa operación las víctimas pasaron a ser como “el perro del hortelano”, los desaparecidos fueron “detenidos” en procedimientos “no oficiales o no reconocidos como tales”, sometidas a “apremios físicos y torturas” en “centros clandestinos de detención” y fallecieron a “consecuencia de los castigos” o “como consecuencia directa de actos y acciones tendientes a provocar su muerte”.
Como se pregunta la esposa y hermana de desaparecidos Ivonne Trías en Brecha, ¿se trata de una confusión men­tal de un burócrata, una banalización del horror?
Este libro debía terminar en el capítulo anterior. Quedaba planteada una situación que debe ser resuelta en los estrados judiciales.
No pudimos escapar a la tentación de escribir este epílogo. No con la intención de convencer a ningún juez, a ningún fiscal y menos para generar una actitud política de quienes no deberían necesitar un libro como éste para asumirla.
Nuestro trabajo intenta ser una herramienta de lucha, un generador de la indignación ante la injusticia. Una hoja de ruta de quienes buscan como Elena la libertad y, en ese forcejeo con los autoritarismos, las arbitrariedades, las verdades a medias y las injusticias, dejan algo más que el zapato que perdió la “Parda”. Dejan una huella que hay que seguir.

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