miércoles, 9 de junio de 2010

SEPTIMA PARTE Capitulo I

Septima parte.




“Hace ya mucho tiempo que los juristas se han dado cuenta que para el juicio penal es necesario, además de conocer el hecho, conocer al hombre; y conocer al hombre no es posible sin reconstruir su historia...”
(Carnelutti).

I

LA MUERTE DE TOTA


Tota había resuelto años atrás que no podía seguir viviendo sola en su apartamento en la Ciudad Vieja. Pensó que vivir en un hogar de ancianos era una solución. Transitó por diferentes residencias. Recuerdan sus amigos que durante Carnaval sus regresos del Teatro de Verano nunca eran antes de las 2 o las 3 de la madrugada, por lo que fue observada en el hogar, que establecía una hora límite de entrada por la noche. Tuvo que cambiar de alojamiento. No podía dejar de acompañar a Falta y Resto, la murga que la tenía por “madrina”. A pesar de sus años, Tota tenía una enorme facilidad para adaptarse a los cambios. Pero para trasladarse debía hacerlo en taxi, lo que desequilibraba sus limitados ingresos, de los que nunca fue buena administradora. Tuvo que restringir sus salidas. Recibió durante años y hasta su muerte el apoyo solidario del sindicato de los maestros[1] y del gremio de taxistas,[2] que le hacía un precio especial por trasladarla.
Su actividad religiosa nunca decayó. Los sábados se reunía con un grupo de reflexión de la iglesia San Juan Bautista, por lo general en la casa de Adela González. “Allí –cuenta Adela– no todos pensábamos igual en lo político, sin embargo eso nunca fue motivo para que Tota no se pudiera relacionar desde su fe cristiana, todo lo contrario. Nunca faltaba a las reuniones, que eran un espacio distinto donde volcaba a veces su angustia, pero también nos enseñaba a soportar las dificultades.”
Tota se había integrado en los últimos años de su vida al grupo de autoayuda Renacer, formado por padres que habían perdido a sus hijos aún jóvenes, sea por enfermedades o por otras causas. Tota tenía la capacidad de entablar distintos relacionamientos, y su espíritu se mantenía increíblemente joven. Sin duda una casa para ancianos no era el lugar indicado, así que algunos compañeros resolvieron buscar un lugar donde pudiera vivir. “He vivido en casas de salud, pero son casas de viejos y yo no me llevo con los viejos (risas). Soy una persona que no me siento con los años que tengo y por lo tanto me gusta la juventud y los niños. Me hacen vivir de otra forma, o mejor dicho disfrutar.”[3]
La solidaridad de los integrantes de una cooperativa de viviendas de fucvam en el barrio de La Teja hace posible una solución.
En covitea[4] se estaba discutiendo el ingreso de una nueva familia a la cooperativa. Los nuevos ingresos se proponen en una asamblea y luego se resuelve por votación a cuál de los aspirantes propuestos se le adjudicará la vivienda.
Cuando un cooperativista propuso que la vivienda fuera adjudicada a Tota y argumentó su propuesta, alguien pregunta: ¿La Tota?
Se discutió mucho, pero: “A la Tota siempre se la tuvo como un ejemplo a seguir, un modelo que muchos admirábamos, una imagen, como una bandera, pero pocos en la cooperativa la conocían personalmente. Por esa razón se discutió a fondo la posibilidad de brindarle el hogar que anhelaba. No se trataba de verla en la televisión o escucharla en la radio, se trataba de convivir con ella. Como no podía ser de otra manera, primó el criterio de la solidaridad. Se votó su ingreso”.[5]
Después había que amoblarle la casa. Mucha gente dio una mano. Las donaciones aparecían. emaus donó muebles y, entre todos, se consiguió lo demás. En pocos días estaba todo pronto para que Tota se mudara.[6]
“Cuando me fueron a plantear el hecho de que me viniera para acá, me dijeron que viniera a mirar la casa para ver si me gustaba. Te podrás imaginar que estaba como loca, cuando efectivamente vine a verla me quedé azorada al ver la calidez y el afecto de tanta gente.”[7]
Con la convivencia los cooperativistas pudieron conocer a la Tota de carne y hueso. “Para nosotros fue una experiencia riquísima. Encontramos en ella a una mujer en la última etapa de su vida, aquejada de ese enorme dolor que era la ausencia de Elena, con problemas de salud que requerían un constante cuidado, pero también con una entereza y una entrega notables.”[8]
Como su dormitorio quedaba en la planta alta, los compañeros le construyeron un pasamano para facilitarle el desplazamiento. Unos antiguos compañeros de Elena no le dejaban faltar la leña para calentar la casa.
En tanto su salud se lo permitió, participó en las actividades de la cooperativa. Le gustaba levantarse temprano y leer La República. Como se preocupaba por estar informada, escuchaba además los informativos de radio y tevé. Era también una gran lectora de libros.
“Al llegar la tardecita encendíamos la estufa con la leña que los Pilo generosamente le traían, preparábamos el té y charlábamos de la vida. A ella le apasionaba hablar de Elena y la recordaba no desde la óptica de quien pierde a un ser querido, nos contaba anécdotas de sus paseos, de sus gustos. También hablaba de su exilio, de las dificultades, del dolor de estar lejos, y de su esfuerzo por denunciar en todos los medios lo que se vivía en el Uruguay.”[9]
Su casa estaba cuidadosamente ordenada, le gustaba que se viera bien, en especial cuando recibía a sus amigas. Le seguían gustando las plantas. Pocas veces estaba sola, y siempre tenía alguna torta que le preparaba Norita y algún licor para compartir con las visitas.
Los niños de la cooperativa venían a diario y ella los atendía con agrado “el cariño que me brindan los niños es asombroso e incluso los chicos de la cooperativa antes de irse a la escuela vienen a darme un beso”.[10]
Los sábados iba a misa, casi siempre con doña Alba, otra cooperativista. Los fines de semana iba por la tarde a la casa de Norita y Fernando para ver a Peñarol por televisión. “No sé si entendía algo de fútbol, pero nos divertíamos. Se jactaba de ser la única mujer que había viajado en el ómnibus de la murga Falta y Resto.” Tenía colgado un gorro de la murga en una de las piezas de su casa.
En covitea, rodeada de la solidaridad de sus vecinos, Tota festeja su último cumpleaños. El 3 de agosto de 2000 cumplía 82 años. Ese tranquilo mediodía en La Teja, niños y adultos compartieron la torta decorada en un tenue color rosado.
Tota se sentaba en su sillón cerca de la estufa, en el salón comunal. “Muy feliz, orgullosa de llevar 82 jóvenes años y porque tengo unos amigos maravillosos y especialmente estos que me han recibido como en su casa al permitir que pueda ocupar una vivienda. Realmente me quedo corta en calificativos para esta gente que ha demostrado tanto con mi llegada.”[11] Después, la foto con todos.
Tota estaba gravemente enferma. El 23 de diciembre fue internada a raíz de un quebranto agudo de su salud. No perdió, en sus últimos días, la entrañable sonrisa con la que enfrentó todas las adversidades. Con lucidez y entereza aceptaba lo que sabía inevitable. Llegaba al final de su vida sin encontrar las respuestas sobre Elena. Aunque sabía que no faltaría quien siguiera su lucha, las limitadas expectativas que tuvo cuando Batlle anunció una nueva política sobre derechos humanos se habían derrumbado. El trabajo de averiguación de la verdad recorrería caminos ineficaces para romper los pactos de silencio de los responsables. La actitud que permitió que Tota muriera sin saber la verdad fue muy bien descrita por Samuel Blixen en Brecha: “Un criterio que invita pero no cita, pregunta pero no interroga, ruega pero no exige, y sobre todo se autocensura, se vuelve pragmático, catedrático de lo posible, profesional de lo viable, experto en buenas maneras, dribleador de incordios, está obligado a invertir demasiado en cómo pisar huevos sin romperlos como para ser eficaz”.
Una vez internada en el cti, fueron pocos los momentos en que Tota tuvo lucidez. No sufrió. Cuando supo que no viviría, tuvo especial preocupación por escuchar de sus compañeros que seguirían adelante con lo que ella había empezado.
Falleció el 7 de enero de 2001, a las 2.45. La noticia fue dada a conocer pocos minutos después por un comunicado del pit-cnt.
Se acordó que su sepelio se realizara en la Casa del Maestro, el sindicato al que había pertenecido Elena. Desde allí sería conducida al cementerio del Buceo.
La central obrera, luego de reseñar la larga lucha de Tota decía: “Desde su ausencia irreparable, Tota seguirá buscando a Elena, todos la seguiremos buscando”.
Miles de personas desfilaron desde temprano ante su cuerpo y se congregaron para pasar la noche acompañándola.
Antes de partir el cortejo, una compañera de Tota y de Elena fue la encargada de darle la despedida: “La muerte encontró a Tota dando la batalla por la justicia y fue su preocupación que esa lucha se continuara ante su eventual muerte. Mujer de pueblo, que amaba su canto popular, carnavalera de alma que regresaba a su hogar cuando se retiraba la última murga, nos mostró en estos días su fuerza para no oponerse a lo inevitable. La tranquilidad que mostró su rostro en los últimos momentos era el resumen de esos 82 años de vida, la sabiduría de que la lucha por la verdad sobre Elena, por la justicia, estaba en manos de todos nosotros. Que así sea”.
Se imprimieron cientos de fotos de Elena, que acompañarían a su madre en su último viaje. El cortejo recorrió a pie más de sesenta cuadras, en las que miles de personas lo miraban pasar desde las aceras.
Una pancarta sobre el féretro expresaba: “Murió sin saber la verdad”. Otras, portadas por anónimos acompañantes, decían: “Tota, tu lucha continúa”, “Elena presente”, “Verdad y justicia” y “¿Dónde están?”.
[1] La cuota de la mutualista en que se atendía era cubierta por el convenio de afuprim y ademu.
[2] Radio Taxi Cooperativo.
[3] Declaraciones de Tota a La República, 7-VIII-00.
[4] Cooperativa de Viviendas de La Teja y ancap.
[5] Integrante de la cooperativa Fernando Olivera.
[6] Tota se muda a covitea en junio de 2000.
[7] La República, 7-VIII-00.
[8] Fernando y Norita, vecinos de Tota.
[9] Fernando Olivera.
[10] La República, 7-VIII-00.
[11] La República, 7-VIII-00.

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