sábado, 24 de julio de 2010

PRIMERA PARTE Capitulo I

Primera parte



“No importa lo que la historia ha hecho con el hombre, sino lo que el hombre hace con lo que la historia ha hecho de él.”
Jean Paul Sartre

I

YO ME QUEDO

El encuentro esta vez había sido largamente pensado y planificado por Elena. Lo que le comunicaría a su madre no debía dar lugar a una nueva discusión, en la que Tota intentara postergar una resolución que ya era definitiva.
Por eso había decidido contar con el apoyo de su amiga Teresa. Ella era la persona adecuada, tanto para contener a su madre como para que se cumpliera lo que se había dispuesto. Elena era consciente de que la decisión no era el resultado exclusivo de una valoración política, su instinto de protección a su madre estaba –aunque no lo quisiera reconocer– presente. Se habían invertido los roles, ahora era ella quien protegía a su madre.
Primero telefoneó a Teresa, le pidió que pasara a buscar a Tota y fueran a almorzar juntas. La calle estaba peligrosa en esos días y debían tomar precauciones.
—Vístanse muy paquetas, así no llamamos la atención –había dicho.
Luego llamó a su madre y para evitar la lluvia de preguntas que siempre le hacía –si comía, si dormía, si estaba bien– le dijo que debía ser muy breve en la comunicación y que mañana se verían.
—Teresa te va a pasar a buscar, tengo novedades.

* * *
El taxímetro se detuvo en el cruce de las calles Hocquard e Inca frente al restorán El Buzón. Dos mujeres –una entrada en años, vistiendo un oscuro vestido floreado y la otra casi de la edad de Elena– descendieron del auto. Mientras éste se alejaba en dirección a Bulevar Artigas, la más veterana se acomodó el vestido, guardó el vuelto en la cartera y ambas se dirigieron muy lentamente hacia la puerta del comercio. Antes de entrar, Tota se apoyó por algunos segundos en el viejo depósito de cartas que, emplazado en la vereda de la calle Hocquard, le da nombre a ese conocido local montevideano.
Cuando entraron al cálido salón, con sus mesas de distintos tamaños cubiertas por manteles blancos, les salieron al encuentro los olores de la cocina. No eran muchas las personas que habían llegado a almorzar en ese tibio mediodía de los últimos días de marzo de 1976.
Contrariamente a lo habitual en esa gran “comilona”, Tota no sintió la acción de los jugos gástricos en el estómago. En su lugar, sentía un nudo que no aflojaba desde la llamada de Elena, la tarde anterior, cuando le había propuesto reunirse ese mediodía. Los frecuentes encuentros con su hija en los últimos tiempos habían estado siempre acompañados por ese dolor, que sólo disminuía en el momento de verla llegar, pero no se iba. Después de los encuentros, cuando Elena volvía a perderse en esa Montevideo permanentemente patrullada por militares, se instalaba en ella una sensación muy rara, pero no en el estómago, no sabría decir en qué parte de su ser.
Las dos mujeres recorrieron con la mirada todo el local. Elena no había llegado. Teresa miró su reloj y comprobó que habían llegado mucho antes de la hora convenida. Paradas aún en la entrada del salón se preguntaron con la mirada. ¿Qué lugar era el más adecuado para sentarse? Antes de que se decidieran, el mozo había llegado hasta ellas y las invitaba a ubicarse.
—Buenos días señoras. ¿Van a almorzar?
—Buenos días. Sí, pero esperamos a otra señora.
—Entonces, ¿una mesa para tres?
Tota pensó, mientras examinaba el lugar al que las había conducido el mozo, si ésa sería la ubicación que Elena hubiera elegido. Al comienzo de sus encuentros en lugares públicos, Tota creyó que eran “caprichos” de su hija. Luego comprendió, o más bien Elena se lo hizo entender. Estaban en dictadura y su hija era una enemiga del régimen. La buscaban: era una clandestina. Había dejado de ser la “parda”, como sus compañeros la llamaban. Ahora Elena era castaña clara.
Mientras se sentaban en las sillas que ceremoniosamente el mozo les ofrecía y esperaban la llegada de Elena, ambas mujeres se sumergieron en un silencio largo poblado de recuerdos. Los de Tota fueron en busca de episodios de los últimos 30 años de su vida, de aquellos que compartió con su única hija. Recordó aquella madrugada en que, próximo a la llegada de la primavera del año 1945, nació Elena Cándida. Ese día había sido muy agitado en el Sanatorio Español, el antiguo hospital de la calle Garibaldi. Su primera hija había llegado, esa primera vez, demasiado temprano. Nació un mes antes de lo esperado, fue una “ochomesina”.
Los recuerdos de Teresa le trajeron los años en que, estudiando en el Instituto Normal, tuvo su primer acercamientos a Elena, cuando ésta recibió la noticia de la muerte de una tía, monja en el colegio de las Dominicas. Aquella vez Teresa la vio tan triste y desolada que, aun sin haber tenido anteriormente una relación estrecha con ella, se le acercó y fue con ella al velatorio. La amistad y la confianza recién nacidas se mantuvieron hasta el final.
Tota abandonó sus recuerdos para prestar atención a la puerta del restorán que se abría. Miró. No era Elena.
Volvió a sus recuerdos. Que frágil y liviana la sintió cuando pudo tenerla en brazos. Un quilo y medio era muy poco para esa criatura a la que ella veía muy chiquita y fea. Supo, desde el principio, que ese ser diminuto sería muy importante en su vida.
Miró nuevamente hacia la puerta y volvió a sus recuerdos. Lástima –pensó– que Roberto ya no vivía. Qué importante hubiera sido para las dos que en esa mesa estuviera también su esposo.
Con sus ideas socialistas, Roberto hubiera podido mejor que ella conversar sobre política, sobre esa dictadura que imponía miedo en la gente y que hacía cada vez más riesgoso hablar en su contra. Las ideas de Roberto, batllista en sus años juveniles y socialista en su madurez, sumadas a su apoyo a las inquietudes sociales y políticas de Elena, seguramente lo hubieran convertido en un perseguido por la dictadura. Recordó que a la hora de decidir el nombre que le pondrían a la niña, había primado el carácter conciliador de Roberto. Acordaron que llevara los nombres de las dos abuelas, paterna y materna, ya fallecidas: Elena Pujadas y Cándida Buela. Ese carácter conciliador de Roberto posibilitó que la fe cristiana y la condición de hincha de Peñarol de Tota pudieran coexistir sin inconvenientes con el ateísmo y el fanatismo de su marido por Nacional, el eterno rival. Desgraciadamente, Roberto había muerto hacía ya casi 11 años.
Teresa acompañaba el silencio de Tota mientras pensaba con cariño en la alegría que tendría esa mujer si los tratamientos que pensaba hacer Elena para quedar embarazada daban resultado.
Finalmente, hizo algún comentario sobre las simpatías futboleras de la familia, y recordó cuando Elena, luego de una victoria de Peñarol, había llegado al Instituto Normal envuelta en la bandera aurinegra. La evocó bailando tangos con Gustavo, o aun antes, cuando vistiendo un traje blanco largo de organdi recitaba poemas españoles en una escuela donde practicaba declamación, y ella, junto a Tota y Robertito la aplaudían a rabiar.
Tota miraba hacia la calle por una de las ventanas y trataba de imaginar, entre las risas que le arrancaba Teresa con sus comentarios, por dónde llegaría su hija. ¿Vendría caminando por Inca o en un taxi como ellas, por Hocquard? ¿Cómo vendría vestida? Últimamente Elena había cambiado hasta su forma de vestir.
Nuevamente, el silencio de Teresa le permitió volver a sus recuerdos. Cuando pudieron salir del Sanatorio Español, con Roberto habían llevado a aquella “negrita” a bautizar en la Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores, en el barrio del Reducto. Elena había sido educada, igual que ella, en el colegio religioso de las hermanas Dominicas. Como ella, había profesado la religión católica, hasta los años en que estudiaba magisterio. Cuando comenzó su militancia gremial, dejó de concurrir a la misa de los domingos como siempre.
De pronto, la presión de una mano sobre el hombro y un fuerte beso en las mejillas de las dos mujeres las sacaron definitivamente de sus recuerdos.
Elena había llegado y estaba parada frente a ellas, con esa ancha sonrisa y esos ojos que le iluminaban la cara.
Mientras se sentaba, echó una mirada circular por todo el local sin abandonar la sonrisa con la que había llegado y miraba a su madre.
Elena no solo sonreía con la boca. Sus ojos y toda su cara se transformaban al hacerlo. Era la misma sonrisa que tenía en una foto, sentada tras el pupitre de la escuela en que había debutado como maestra.
—¿Cómo estás? –preguntó Elena, mientras a través de la mesa extendía los brazos y apretaba las manos de su madre.
—Bien, nena... ¿y vos?
No alcanzó a contestar la pregunta. El hombre que atendía el restorán se había acercado y ponía al frente de cada una el menú con las opciones del almuerzo.
Tota no sabía bien cuál era el alcance de su pregunta. Sospechaba que además de su situación como clandestina Elena tenía sus problemas personales, de los que casi nunca hablaba con ella. No era su costumbre hablar de sus problemas de pareja con su madre. Elena era consciente de que Tota nunca llegó a estar conforme con la elección que ella había hecho en ese sentido. Con Teresa era distinto. Con ella podía darse el lujo de soñar y hasta de llorar.
—Y Robertito, ¿cómo está?. ¿Y la Cueca? Bueno, después me contás, ahora vamos a pedir un rico almuerzo –y se sumergió en la lectura del menú, pasando de una hoja a la otra casi sin leerlas.
Ambas mujeres la miraban silenciosamente. Teresa sabía que, en algún momento, lo que allí se iba a producir era una despedida. Tota recordaba cómo Elena, luego de recibirse de maestra, había resuelto inscribirse en la Facultad de Humanidades, en cursos de pedagogía de la educación. Allí había conocido al “Gallego”. Él fue su primera pareja y con él se casó nueve días antes del golpe de Estado.
A Tota le habría gustado ser abuela, pero Elena aún no le había dado nietos. No era fácil que ahora tuviera un hijo, a pesar de que sabía que quería ser madre. Elena había sido operada, tenía un solo ovario y los tiempos no eran los más propicios. Cuando Elena y su compañero fueron requeridos por la dictadura y debieron trasladarse a Buenos Aires, Tota había sentido cierto alivio, que se terminó cuando su hija regresó en forma clandestina a Uruguay en los primeros meses de ese año.
Pendiente de Elena, Teresa pensaba que el castaño de su peluca no le quedaba mal. Pero extrañaba el oscuro de su pelo. Le parecía verla subir desde el Parque Rodó, cuando terminaba la práctica en la escuela Artigas con Gustavo, llegar caminando hasta Rivera y Llambí, donde él vivía y donde muchísimas veces los tres se encontraban para conversar de cine o escuchar tangos.
—Tenemos que hablar.
El anuncio de Elena sacó a las dos mujeres de sus recuerdos. Las palabras cargadas de preocupación le indicaron a Tota que ese encuentro tenía, además de los de siempre, otros objetivos ignorados. Sospechó casi enseguida que Elena le volvería a insistir con que abandonara el país y se fuera para Argentina. Ya se lo había planteado a principios de ese año y ella, sin negarse, había dejado pasar el tiempo.
Pocos días atrás, también en Argentina se había instalado una dictadura militar. Tota pensaba que ahora su hija ya no insistiría con el tema.
—Mirá, en Uruguay no te salvás. Aunque haya golpe en Argentina, te tenés que ir igual, yo no te quiero aquí, –era casi una orden, una decisión política comunicada de militante a militante.
Teresa escuchaba en silencio.
—Te vas el 2 de abril, en un vuelo de Pluna, concluyó.
El mozo se había aproximado y esperaba en silencio, a cierta distancia, el pedido. Mientras colocaba los cubiertos las tres fueron solicitando los platos que habían elegido al azar. Esa vez la comida importaba muy poco.
Cuando el mozo se retiraba, Teresa, con la intención de atenuar la tensión que había quedado instalada en la mesa, entabló una animada controversia con él. Le criticaba la inclusión de los huevos fritos en la lista de los postres. El entredicho terminó con una explicación que desató las risas de todos.
—Acá el “huevo frito” es un postre. Consiste en un merengue con un durazo en almíbar en el centro. Igualito a un huevo frito.
Cuando el mozo se retiraba, Elena entre seria y sonriente le recriminó a Teresa.
—Menos mal que no debíamos llamar la atención. Cómo se te ocurrió discutir eso. Mirá cómo nos miran todos ahora.
Elena sacudió la cabeza, volvió a mirar a su madre y retomando el diálogo suspendido preguntó, esta vez con firmeza y suavidad.
—¿Sí?
—Sí –respondió confusa Tota. Pero –agregó– en junio vuelvo a cobrar la jubilación.
—Mamá, convencete de que no podés volver a Uruguay.
—¿Y vos?
—Yo me quedo.
Después, ya en un clima muy cargado de emotividad, acordaron desarmar la casa de Tota. Cuando terminaron de comer y ajustar algunos detalles en un ambiente poblado de silencios, se despidieron. Tota y Teresa esperaron unos minutos. Cuando Elena se alejó, ellas también abandonaron el lugar. Sería la última vez que Tota veía a su hija. Teresa aún se encontraría con ella muchas veces.

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