jueves, 15 de julio de 2010

SEGUNDA PARTE Capitulo I

Segunda parte











“La esperanza, sólo la esperanza, nada más.
Se llega a un punto en que no hay nada más que la esperanza.
Entonces descubrimos que aún lo tenemos todo”.
José Saramago


I

LA CASA DE LA LUNA
(1977)

En Uruguay la crisis económica se agudizaba[1] con una serie de minidevaluaciones, mientras la dictadura anunciaba que próximamente autorizaría la formación de comisiones paritarias para entender sobre las relaciones laborales en las empresas privadas. Por el Acto Institucional Nº 3, la dictadura designaba a Fernando Bayardo Bengoa como ministro de justicia. También resolvía el cese de los miembros de la Corte Electoral[2] e intervino la Comisión de Precios e Ingresos (coprin), disponiendo el control de precios para 25 sectores de producción de bienes y servicios. Continuaban las clausuras de diarios, se realizaban en Punta del Este la reunión de gobernadores del fmi y la del Banco Mundial. La dictadura protestaba contra la decisión estadounidense de reducir su ayuda económica al país. El contador Alberto Bensión, un personaje activo en nuestro días, aconsejaba en aquellos años las mismas recetas que hoy: “... la principal carencia de la conducción económica del gobierno es la falta de una estrategia para el redimensionamiento del sector público”. Según el Banco Central la deuda externa era de 1.125 millones de dólares. Según la Dirección de Estadística y Censos el 87,8 % de la emigración uruguaya se produjo en el decenio 1967-1976 sólo un 4,5 % de emigrantes tenía cultura universitaria y el 62,2 % eran empleados del sector privado. Los alquileres aumentaban 41,37 %. Subía el precio de la leche en 27,4 %. En lo deportivo las cosas no andaban mejor, el seleccionado uruguayo de fútbol quedaba eliminado del Campeonato Mundial a jugarse en Argentina en 1978. Continuaban las requisitorias de integrantes de organizaciones de izquierda.[3] El jefe del Estado Mayor del Ejército, general Manuel J Núñez, en el acto en conmemoración del Día del Ejército expresaba: “Ahora suena una nueva clarinada de libertad y desarrollo”. El 21 de mayo el dictador Aparicio Méndez[4] proclamaba la legitimidad de la dictadura por ser “un gobierno impuesto y aceptado pacíficamente (...) ya que las últimas encuestas de Gallup muestran favorablemente que un 63% de la población es apolítica y considera al 37% restante como comunistas, sediciosos y políticos que han perdido sus cargos”. El 15 de junio, en la oit la directora de Trabajo, Ángela Chiola de Píriz Pacheco, niega que en Uruguay haya dirigentes sindicales presos. El 19 de abril el general Vadora inauguraba el Mausoleo de Artigas en la Plaza Independencia, proclamando que: “los orientales de hoy son los legítimos herederos de su pasado”. El jefe de Policía Alberto Ballestrino censuraba siete tangos de Carlos Gardel porque traducían un “estado de ánimo de un período totalmente superado”.[5] El 27 de junio se aprobaba el Acto Institucional Nº 7, por el cual todos los funcionarios públicos civiles quedaban en situación de disponibilidad “simple” o “calificada”, pudiendo actuar las autoridades con “carácter discrecional”.[6] Por el Acto Institucional Nº 8 se disponía el 1º de julio que la justicia dejaba de constituir un poder del Estado y la Suprema Corte de Justicia dejaba de ser Suprema.[7] El diario El Día editorializaba: “El Poder Judicial ha muerto”.
En agosto la dictadura manifiesta propósitos de convocar a elecciones en un plazo de cuatro años con la participación exclusiva de los partidos Nacional (blanco) y Colorado. La Junta de Comandantes de las tres armas aprueba el “cronograma político”. El 23 de octubre, por el Acto Institucional N° 9, se crea la Dirección General de la Seguridad Social, dependiente del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social y se elimina el Banco de Previsión Social. En la Universidad se aplican pruebas de admisión para el ingreso como forma de “propiciar el ingreso selectivo a las facultades, acorde con las necesidades de desarrollo del país, de modo que accedan a ellas los más aptos” y se anuncian los nuevos programas para las escuelas, en cuya elaboración se había contado con el asesoramiento de consultores de “alto nivel”, entre ellos el presidente del Supremo Tribunal Militar, coronel Federico Silva Ledesma. Se puso a consideración del Consejo de Estado un plan sobre “asociaciones profesionales” a aplicarse a los trabajadores.

* * *
La vida de Tota en los campamentos de refugiados en Suecia le evitó las dificultades que otros exiliados latinoamericanos enfrentaron en el país nórdico. El hecho de convivr con chilenos, uruguayos, argentinos y bolivianos le permitió superar, de momento, la barrera del idioma.[8]
Atrás había quedado una Argentina en la que había “alrededor de seis mil presos políticos, los grupos parapoliciales habían asesinado a unos mil opositores y la guerrilla había infligido unas quinientas bajas a las fuerzas de seguridad”.[9]
La suerte de Elena y decenas de sus compañeros era una incógnita trágica que angustiaba a Tota y la sumía en la impotencia.
Después de un corto período en el primer campamento, en febrero de 1977 es trasladada a otro, un complejo de 30 viviendas a las que se sumaban instalaciones anexas de uso común.
La casa de Tota tenía el número 17. Sin embargo ella, como la mayoría de los refugiados, prefería identificar su casa no con el número sino con el nombre de la figura que, dibujada al lado de aquél, servía para que los niños que aún no sabían leer pudieran reconocerla. La casa de Tota tenía una luna. Cuando debía explicar dónde vivía decía con picardía: “Estoy en la Luna”.[10]
Cuando Tota debió cambiar de campamento, su mayor dificultad no fue su estado físico ni la necesidad que ya tenía de ayudarse con un bastón para caminar. Su equipaje era magro. Había llegado a Suecia con una sola valija con su ropa; pero llevaba, además, 12 plantas que eran su “jardín portátil”.
Cerca ya de los 60 años, Tota no tardó en transformarse en la “abuela” de todos. Iba a las fiestas de los refugiados, llevando siempre su fainá de queso.
Con sólo cinco o seis días de atraso recibía el diario El Día. Comunicarse telefónicamente con el resto del mundo desde el propio campamento, ubicado en medio de grandes bosques, no era, afortunadamente, dificultoso. Enviaba y recibía abundante correspondencia, “el día que no recibía una carta, me ponía muy triste”.
El campamento era un lugar de pasaje, donde se vivía un tiempo hasta que el refugiado lograba un dominio aceptable del idioma, lo que le permitiría integrarse a la sociedad nórdica. Debían concurrir por tanto a una escuela donde se les enseñaba. Atendiendo a su edad, al hecho de que debía usar un corset y desplazarse con bastón, Tota tenía el “privilegio” de ir a la escuela en el vehículo que llevaba a los niños a una guardería.
Cuando la agobiaban los recuerdos de su hija y de tantos compañeros de los que nada sabía: “al ocuparme de los problemas de los demás, me despreocupaba de mis problemas”, cuenta después Tota.
Con similar filosofía preveía lo difícil que sería para ella vivir fuera del campamento: “me va a resultar costoso, pero eso es muy poco frente a lo que me ha tocado vivir”.
Las reuniones de los refugiados del Cono Sur –con “poca cerveza y sin alcohol, que parece pichí”– tenían siempre a Tota presente. Su espíritu jovial, “nos olvidamos de nuestras penas para que a los otros también se les pasen sus penas”, la trasformaba entonces en una animadora.
En una de esas fiesta donde uruguayos, chilenos y bolivianos compartían su camaradería, Tota se planteó demostrar que no era cierto aquello de que Uruguay no tiene folclore. Para eso pensó que lo mejor era bailar el pericón. En determinado momento de esta danza tradicional, el bailarín debe acompañar sus pasos con un verso, lo que se llama pericón con relaciones. Tota, después de dar unos pasos de baile con sus muchos quilos a cuestas, se para con el bastón en medio de la sala, toma el micrófono y recita el verso que tenía pensado: “Yo soy una niña bonita, la de los negros cabellos, la que araña a sus hermanitos con la punta de los dedos. Yo soy la que come pan, yo soy la que toma vino, yo soy la que represento este cuerpito divino. Mírenme por delante, mírenme por detrás”.
En una grabación que Tota envía en esos días a Uruguay, comenta a sus amigos: “Trasladen ese versito a mi físico y se imaginan la risas de los compañeros.”[11]
Tota mantenía cierto desaliño en el vestir, propio de una ama de casa que casi siempre está vestida con las prendas con que lava la ropa, cocina y limpia.[12] Por esa razón, en una oportunidad en que apareció con las botas brillantes, sus compañeros de refugio pidieron “un aplauso para la abuela que se lustró las botas”.
En la segunda quincena del mes de enero, en la ciudad sueca de Alvesta, Tota recibe importantes y alentadoras noticias del secretario general de la presidencia de Venezuela, J L Salcedo Bastardo. En respuesta a una carta que Tota le había enviado Carlos Andrés Pérez[13] en noviembre de 1976, Salcedo le manifiesta que el presidente le encargó “manifestar a usted que el gobierno de Venezuela, por considerarlo una cuestión de principio, seguirá insistiendo en la libertad de su hija”, que se había ordenado realizar “distintas gestiones” para lograr la libertad de Elena, y que “él abriga la confianza de que al fin pueda lograrse la justicia y la reparación del atropello sufrido”.[14] Tota tenía claro que para Venezuela la reparación del atropello era la devolución de Elena a aquel país. El compromiso asumido desde el Palacio de Miraflores, sede del gobierno de Venezuela, será por muchos años una pieza fundamental en los reclamos por Elena.
A aquel compromiso del Ejecutivo venezolano se le suma el 26 de abril una declaración de la Cámara de Diputados de aquel país en la que se expresa que el gobierno de Uruguay “está en la obligación de entregar” a Elena, que se debía gestionar ante la onu y la oea para que “se materialice la entrega” y que “exhortará a los parlamentarios de los países democráticos latinoamericanos a que hagan pronunciamientos similares”.[15]
Tota no lograba adaptarse a vivir en Suecia. A mediados de 1977, cuando llevaba 10 meses allí, recibe de Ruben Prieto la invitación para visitar París.
En la capital francesa había un contingente importante de integrantes del pvp y se empezaba a organizar la labor de denuncia y de recomposición del partido.[16] Una vez allí, Tota se pregunta “¿qué estoy haciendo allá en Suecia?”. Es entonces que decide trasladarse a vivir en París.
[1] En 1976 la cotización del dólar había aumentado 46,66 %, y el costo de vida 39,9 %. Sólo en los dos primeros meses del año la suba había sido de 12 %, según la Facultad de Ciencias Económicas. Un 50 % de los médicos no descartaba la posibilidad de irse al extranjero y el 9 % de los médicos recibidos a partir de 1968 estaba fuera del país.
[2] Según la dictadura, “la integración actual de ésta no representa la realidad del proceso institucional vigente”, por lo que la Corte Electoral de ahí en más estaría constituida por tres personas de notoria vinculación a los partidos tradicionales. Los cargos de director, subdirector y los integrantes de las juntas electorales departamentales serían considerados de particular confianza y designados por el Poder Ejecutivo. El presidente de la Corte Electoral sería Nicolás Storace Arrosa.
[3] Entre los requeridos vinculados a la roe estaba Eduardo Rafael Pin Zabaleta, quien compartía en 1976 con Elena la responsabilidad de las labores de propaganda del pvp en Uruguay.
[4] Designado el 1-IX-76 en sustitución de Alberto Demichelli, quien por pocos meses había suplantado a Juan María Bordaberry, primer presidente de la dictadura.
[5] Un artículo aparecido en Cambio 16 comentaba que la afirmación de Ballestrino tenía su parte de verdad ya que no había más protestas a fuerza de asesinatos y torturas, y que Uruguay era el país con más presos políticos en relación al número de habitantes.
[6] Se exige a partir de entonces a todos los funcionarios estatales la “Declaración de fe democrática”.
[7] En el marco de ese ataque al Poder Judicial, la dictadura decreta la disolución y liquidación de las asociacio­nes de magistrados, actuarios y funcionarios judiciales.
[8] En un casete que envío en esos días, Tota decía que había logrado leer en sueco, “pero para hablar soy una calamidad”.
[9] Amnistía Internacional. Informe 1-II-77.
[10] En un casete que Tota envía a sus amigos en Uruguay les comenta que menos mal que su casa no tenía una vaca, si no sus amigos allá podrían decir: “voy a la casa de la vaca”.
[11] Ha sido posible reconstruir aspectos muy importantes de la vida de Tota en el campamento gracias a registros grabados cedidos gentilmente por Teresa Trillo.
[12] Cuentan que años después, cuando Tota representaba a Pax Romana en foros internacionales y en Naciones Unidas, Wilson Ferreira Aldunate comentó: “Cómo esa mujer que hasta hace poco tomaba mate en la puerta de su casa en Montevideo, ahora llega a donde nosotros no podemos llegar”.
[13] Electo presidente de Venezuela en 1974, por el Partido Acción Democrática.
[14] Nota del 17-I-77, cuyo original consultaron los autores.
[15] Declaración formulada en el Palacio Federal Legislativo, en Caracas, con la firma del presidente Oswaldo Álvarez Paz y el secretario Leonor Mirabal M.
[16] En diciembre de 1975 había llegado Hugo Cores, después de salir de Argentina, donde estuvo detenido y luego deportado.

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